Amor, bosque, y hogar.
Son las nueve de la mañana. Es sábado. No quiero dormir más. Solo quiero despertar. Me levanto de la cama, elijo un vestido negro ajustado, más propio para la noche que para el día; me pongo un abrigo y unas deportivas blancas que me hacen tener un aspecto desenfadado. Me siento segura. Guapa. Cojo todo el dinero en efectivo que tengo en casa y salgo por la puerta dispuesta a empezar a sentir, a empezar a reír, a empezar a llorar, a empezar a amar.
Me voy a un hotel que conozco de la zona, siempre había querido ir allí, pero las prisas nunca me lo permitían. Desayuno un café solo con dos grandes croissants cremosos, sin preocuparme por las calorías, por el peso... Tan solo me tomo mi tiempo en degustar cada mordisco, cada bocado que se hace el mejor de mi vida a medida que me voy acabando el primero. Nunca olvidaré esa sensación de orgasmo lento y silencioso. Cierro los ojos del placer que me provoca y disfruto del silencio. Miro por la ventana las hermosas vistas de la Torre Eiffel y callo, observando la delicada belleza de esa estructura metálica, tan representativa. Me doy cuenta de que ya son las doce y decido que mi gran día debe comenzar.
Decido que quiero explorar París, que hoy me quiero perder. Que quiero encontrar esos sitios que no quieren ser encontrados. Empiezo a andar hacia la carretera para pedir un taxi, quiero que me deje donde considere. A su elección. Quiero ir bien lejos, quiero no saber donde estoy, quiero sentir la adrenalina que nunca tuve, que nunca sentí, quiero romper con la rutina y disfrutar del día, de la vida.
En la calle principal, alzo la mano para que un taxi vacío pare. Para y entro. Me sorprendo al ver que el conductor tiene más o menos mi edad. Tiene una expresión divertida en la cara, supongo que parece estar sorprendido al verme con ropa de noche a media mañana.
Me pregunta por mi dirección y le digo que la va a elegir él. Se me queda mirando durante varios minutos y me dice que no puede hacer eso. Pero le digo que es muy importante, que necesito que me saque de la ciudad, que necesito que me ayude, de verdad.
Me sonríe y arranca.
Me paso una media hora callada, medio dormida, mirando por la ventanilla cómo salimos de la ciudad. En algunos momentos veo como, por el retrovisor, me mira mientras sonrío al ver que me estoy atreviendo, que lo estoy haciendo. Que estoy viviendo.
A la hora de camino decido hablar. Me gustaría comer así que le pido que pare en una gasolinera, quiero comprar aunque sea unas papas y algún refresco. Así que para el coche y yo me bajo de él, veo como me mira mientras camino, y como se muerde el labio a la vez. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo. El día se pone interesante.
Salgo de la gasolinera y entro en el asiento del copiloto. Veo como antes de arrancar pone un disco de música y me causa interés saber qué escuchará un tipo alto, moreno, y tan intrigante como él. Cuando oigo que ha puesto The Fray, el corazón se me ilumina. Mientras suena How to save a life fantaseo con que quizás, él puede salvar la mía, o por lo menos, mi día. Me pregunta cómo me llamo, y yo, mientras me toco el pelo, intimidada, le digo que Sara. Él me dice que lo llaman Lobo. Le pega, suena atrevido, valiente y sexy. La verdad que me recuerda bastante a Jeremy Meeks, pero sin tatuajes.
No sé por qué motivo pero seguimos hablando, y entonces, me pregunta:
-¿Por qué quieres perderte?
Pregunta demasiado directa, pensé, pero aún así, respondí.
-Digamos que porque todavía no me he encontrado, pero tampoco es que quiera hacerlo...
Vi como fruncía el ceño, como me miraba curioso sin entender qué cojones hacía metida en un coche con un desconocido que conducía hacia Dios sabe donde... Me pareció tierna su expresión.
Entonces, él siguió preguntando...
-¿Estudias o trabajas?
-Estoy estudiando derecho, puede que por eso esté en una depresión constante.
-Yo no te veo deprimida, si no llena de vida.
Me gustó oír que no transmitía lo que de verdad sentía. Al menos mis sentimientos se quedaban en mí misma, que es donde debían estar.
-¿Y tú?
-No te rías, pero quiero ser actor.
-¿Por qué me iba a reír?
-Porque todos se ríen cuando lo digo.
-Yo no soy como el resto.
-De eso ya me he dado cuenta.
Asentí sonriendo como una estúpida. Sentía envidia de su seguridad, hablaba en un tono firme, grave, interesante. Parecía que sentenciaba cada frase que decía. Pero pese a su aparente frialdad, su mirada hacía que nuestra conversación fuera la perfecta definición de intimidad.
Le pregunté si tenía algún casting o si había ido a alguno.
-Sí, mañana tengo uno. Pero no creo que me presente, ni siquiera he ensayado tanto como debería.
-¿Y eso por qué? Vamos, si es lo que quieres, ¡lucha por ello! (dije entusiasmada como una niña)
-Se nota que estudias derecho, no sabes lo que significa estudiar arte dramático. Saldrás de la carrera con prácticamente trabajo y yo, después de tres años de haber estudiado sigo pegándome palos casting tras casting. Creo que he perdido la ilusión. Nadie toma en serio mi profesión, y los que pertenecen a ella, no creen que sea lo suficientemente bueno.
Me chocó que hablara tan francamente, mirándome a los ojos, casi sin pestañear, de algo tan personal. Sus palabras parecían venir directas del corazón, pero su expresión hacía ver que esto no iba realmente con él.
-Empieza.
-¿Cómo?
-Que empieces, dime tu parte, el texto. Práctica.
-Es demasiado sentido como para decirlo mirando a la carretera.
-Pues dímelo a mí. Para el coche, ensayemos, yo no tengo prisa.
Me miró divertido, no se esperaba esas palabras.
-Normal, siempre tendrás tiempo para perderte.
-Supongo, pero tú no lo tendrás siempre para encontrarte. Así que para el coche.
Me sentí profundamente atraído por ella cuando me mandó que bajara del taxi. Era preciosa, su vestido reflejaba sus escandalosas curvas y el hecho de que no sabía a donde ir me tenía cautivado. Era muy especial. Quería hacerle de todo. Empezando por besarla y acabando por estar horas hablando con ella hasta que se fuera el sol...
Lobo bajó del coche y me cogió de las manos, me miró fijamente, como nunca nadie me había mirado. Me recorrió con sus ojos verdes, con profunda intensidad, de arriba a abajo; pegó su cuerpo al mío, puso su cara a un centímetro de la mía y recitó su parte del guión.
Sentí cada palabra que dije, con ella me sentía caníbal, quería, literalmente, devorarla. Conocerla, dicho más fino, en todos los sentidos.
Cuando acabó de hablar, casi no podía respirar. El corazón me iba a cien por hora. Me temblaba todo el cuerpo, de repente hacía mucho calor. Me di media vuelta para volver al coche cuando él me agarró del brazo e hizo que me chocará contra su torso, totalmente definido. Esperé, conteniendo el aliento, a que posara sus labios en los míos.
Le cogí la cara con las dos manos, haciendo presión mientras mi lengua se adentraba y saboreaba cada minúscula parte de su hermosa boca. La estampé, con delicadeza, contra la puerta del taxi, para tocarla por todas partes. Le quité el vestido por la cabeza y vi que no llevaba sujetador. Noté que me dolía la boca al llevar más de dos minutos sin rozarla con la suya. Jugué con sus pezones hasta que ella se envalentonó y me desnudó. Muy lentamente. Notaba como hasta ella perdía la paciencia. Abrió la puerta y me empujó dentro de la parte trasera del taxi.
No sé cómo pasó, pero recuerdo estar desnuda encima de él, cabalgando con fuerza, rabia, deseo, adrenalina, libertad.
Nos quedamos dormidos durante horas.
Me levanté de repente y decidí seguir explorando, en libertad, ese lugar en el que habíamos parado. Caminé libre, desnuda, sin rumbo. Me adentré en un bosque denso, lleno de árboles de más de treinta metros, con hojas en tono verdoso, a penas visibles, por la niebla que habitaba presente en el ambiente... Me rebocé por el suelo, encima de la hierba, alta y fresca, que predominaba en aquel paraíso, en el que al fin, después de mucho tiempo, sentía aire, pureza. Por primera vez, sabía que estaba respirando oxígeno. Me quedé abrumada. Solo veía un rayo de luz que me cubría los ojos, el resto estaba en penumbra. Y en esa misma penumbra, me encontré. O mejor dicho, lo encontré a él. Llegó Lobo, que ya de por sí moreno, parecía todavía más oscuro en este lugar cubierto por la sombra... Parecía camuflarse perfectamente con el bosque, parecía mimetizarse, parecía ser el propio oxígeno que yo estaba respirando. Y entonces el rayo de luz, pasó a cubrir sus ojos. Y ahí supe, que las mariposas del estómago no eran bosque, si no que eran él.
Fui corriendo hacia ella, estaba preciosa, toda blanca, menuda, entre árboles altísimos que resaltaban todavía más su belleza. La cogí en brazos, la besé, y empecé a darle vueltas en el aire mientras honrábamos mi nombre, juntos, aullando. Lo hicimos a grito limpio, durante una eternidad. Riendo y gritando lo felices que éramos en ese mismo momento.
No recuerdo bien cada instante, pero sí sé que llorábamos de felicidad, que follábamos de amor y que nos amábamos de corazón. Y también me acuerdo de que aquellos minutos fueron los mejores de mi vida, que ese día, dos salvajes nos unimos y nos dimos cuenta de que nuestro amor, que estaba por civilizar, no había hecho nada más que empezar.
Y que por si fuera poco, ese sábado en el que buscaba perderme, no hice más que encontrar amor, bosque, y hogar.

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