Comiéndonos a besos, a palo seco
Y entonces ocurrió. Sonreíste y todo cambió. Me di cuenta de que por fin podía ser yo, de que había alguien que creía en mí, que estaba dispuesto a apoyarme, a no dejar que cayera, a desnudarme, a hacer que me entregara completamente a algo que nunca había experimentado. Y entonces ocurrió. Me amaste. Pasó el tiempo, la pasión y la admiración se convirtieron en amor y entrega. Fue entonces cuando llenaste ese vacío que jamás nadie pudo completar, me diste la vida, ya no necesitaba más, me empezaba a doler la boca de tanto sonreír, de tanto amar.
Y entonces ocurrió. Te vi en ese bar sentada en la barra, pensativa, escribiendo poemas de amor, rogando a los que pasaban que no se sentaran en el taburete que estaba al lado del tuyo para dejarte escribir. Yo me senté. Descubrirte me valía más la pena que dejarte escribir. Cuando me miraste a los ojos me asusté. Supe que a partir de ese momento todo iba a cambiar, leí lo que estabas escribiendo y creo que es poco exagerado decir que me empecé a enamorar.
Aún recuerdo cuando leyó por primera vez algo que escribí, estaba tan ilusionado diciéndome lo buena que era, que yo solo quería darle las gracias a ese hermoso desconocido que me estaba sonriendo sin parar, haciendo que mi corazón dejara de sonar.
Ella me peguntó que qué hacía yo, le respondí que trabajaba en un restaurante, ella me cortó y me dijo que no se refería a eso, que si hacía algo que me hiciera feliz. Que me veía la mirada triste y que estaba segura de que habría algo que estaba haciendo mal, porque si encontraba algo con lo que disfrutar nunca volvería a traer esa mirada perdida a un bar, a las dos de la mañana. Me volví a enamorar. Supe que eso que ella decía que debía buscar estaba justo delante de mí.
Me preguntó por qué estaba escribiendo en un bar de copas a esa hora, sin dejar de escribir y borrar a partes iguales, en ese cuaderno destrozado de tanto tachar. Yo le dije que necesitaba inspiración. Que notaba que mi vida había ido demasiado deprisa y que me había dado cuenta de que quizás no tenía nada que contar.
No me lo creía. ¿Cómo un ser tan especial no tenía nada que contar? O la vida había sido injusta con ella o estaba siendo modesta, y por la sinceridad de sus ojos, creo que era la primera opción.
Él parecía no creer lo que le decía y era algo incómodo para mí, así que decidí cambiar de tema.
Me preguntó si yo escribía. Y entonces decidí contarle mi pequeño sueño del cual nadie sabía nada. Nunca lo conté porque no creía tener ni el tiempo ni el talento suficiente. Le dije que escribía letras, de canciones, que me encantaría cantarlas pero que no se me daba bien. Vamos que prefería estar en la sombra, componiendo, a estar en un escenario dando la cara con una voz que no era muy buena. Hay que ser realista. Ella me dijo que estaba segura de que cantaba de maravilla y que lo que no quería era fardar. No sabía bien lo que decía.
-Vamos, elige una canción y sube ahí.
- Estás loca. Antes me muero.
-Vamos, es un karaoke, todos cantan fatal, aunque lo hicieras horrible, nadie notaría la diferencia.
-No sé...
-¡Vamos!
Me miró con esos ojos y supe que jamás iba a poder escapar de ellos. No podía decirle que no.
-Solo si tú subes conmigo.
-Ni de coña... Tú eres el artista.
-Ha sido idea tuya. Si no subes, nunca sabrás si canto bien...
- Adelante entonces, pero yo elijo la canción.
-Pero por favor, no me pongas a Katy Perry ni nada de eso.
-Jajajaja, por eso no te preocupes.
En el momento en que Abby eligió New York, New York de Frank Sinatra supe que ella era la pieza que faltaba en el puzzle de mi tormentosa vida. Ella empezó a cantar, y a bailar, se movía al ritmo de la música e invitaba al resto a levantarse y bailar acompañados. Convirtió el momento en un flashmob de película donde todos sonreían, donde todos cantaban. Esta chica tenía un don. Y entonces ocurrió.
Y entonces ocurrió, Dan empezó a cantar y no pude dejar de mirarlo. Lo hacía fatal, pero eso no importaba. Me gustaba más por eso. Paré de bailar, le di las dos manos y me quedé embobada viendo como sus labios acariciaban cada verso: I want to wake up, in a city that doesn’t sleep, and find I’m king of the hill... Entonces se creó un momento íntimo que nunca olvidaré. Me di cuenta de que a partir de ahí siempre querría ser mejor. Por mí, por él.
No paraba de mirarme y yo solo podía pensar en pasar el resto de mi vida con la chica, que tan rápido levantó a una sala entera, como la sentó mientras veían como sus manos me recorrían el cuello y el pelo hasta llegar a mis mejillas. Me rozó con el dedo índice el labio inferior, me sonrió con una mirada que nunca nadie me había proporcionado y supe, en ese preciso instante, que me acababa de subir a un tren del cual no me iba a poder bajar. Me metí de lleno en una aventura de la cabeza a los pies. Sabía que ya nunca nadie me haría daño, y que si alguien lo hacía, esa persona estaba justo delante de mí cantando el verso: it’s up to you, New York, New York. Mientras los dos cantamos la últimas palabras de la canción, me olvidé de los límites entre ella y yo, dejamos de existir para renacer en un nosotros que esperaba que durara toda la vida. Que me di cuenta de que solo podíamos sumar, que juntos multiplicábamos, que nosotros acabábamos de olvidar lo que era restar, lo que era dividir. Que ya solo sabíamos amar.
Acabó la canción y puso sus labios en los míos como si lo llevara haciendo toda la vida. Todo mi cuerpo sintió un gran y largo escalofrío. Lo arrastré de la camiseta y lo llevé al baño del local. Él me levantó y enrosqué mis piernas alrededor de su cintura, me subió a la pila y sin querer me sentó sobre el grifo, que se abrió y me empezó a mojar, mucho. Ya no era solo por Dan. Me bajó y entonces nos abrazamos durante un instante en el que no podíamos parar de reír. Abrí uno de los baños de una patada y él me sentó sobre su regazo en el retrete. Empecé a desnudarle, poco a poco, inspeccionando cada marca, cada cicatriz a la que besar y preguntarle por su existencia, cada peca que descubrir, cada tonalidad que mantener en mi retina por el resto de mi vida. Me levanté para quitarle la parte de abajo y me volví a sentar encima de él, maravillada por su cuerpo.
La tenía encima mío, le quité la parte de arriba y no llevaba sujetador. Ahora la amaba todavía más. Solo quería besarle por todas partes, descubrir sus marcas, follármela, amarla, recordarla, grabar bien todo en mi memoria porque no sabía si esto era real.
Creo que por fin entendí la diferencia entre follar y hacer el amor, él me miraba de un modo que atravesaba mi piel, mis ojos, hacía que nada importara, que solo quisiera más. Que no habíamos acabado y ya quería llevármelo a mi casa a disfrutar de toda una eternidad bajo las sábanas, quería su cuerpo, su voz, su risa. Quería su amor.
Ella me daba paz, pese a la guerra en la que estábamos metidos, literalmente, cada vez la sentía más llena y más prieta, más pura, más dulce, más loca. Cuando se había levantado para quitarse la falda y las bragas me había quedado quieto, por fin sabía a donde quería ir en la vida, quería llenarla, completamente. Se sentó como estaba antes y empezó a cabalgarme. No tenía dueño, se movía libremente, sin parar de subir y bajar la distancia perfecta para caer y llegar hasta el final. Gemía y gritaba mi nombre, y entonces vi que el cielo se abría para mí. Le pedí que repitiera mi nombre lentamente para que pudiera saborear como sus labios se movían para hacerlo, en ese preciso momento supe lo que era el desenfreno, la pasión , la libertad. No pude dejar de besarle durante dos minutos enteros donde nuestras boca se secaban, pero nuestras ganas de seguir comiéndonos, devorándonos, mientras nos juntábamos cada vez más, eran superiores. Yo estaba a punto, ya iba a acabar, pero a ella le quedaba un poco más, esperamos juntos sintiéndonos cada vez más. Me la imaginé desnuda en mi casa, sería un sueño despertar y follar en cualquier lugar. O mejor dicho, hacer el amor. Con ella era diferente, quería seguir explorándola y descubrir nuevas pecas, nuevas marcas, nuevas cicatrices de las que escapar. Formando así un hogar sin límites, sin secretos, sin barreras, con amor.
Me esperó y unos minutos después llegamos juntos. Me pregunté porque esto no había pasado antes en mi vida. Agradecí al destino haberme quedado sin gasolina, y haber llegado andando a este bar cutre, donde me había quedado para acabar un poema de diez putos versos, de los cuales me faltaban cinco y medio. Agradecí a la vida por sentir, aunque fuera tarde, la perfección.
Acabó y me abracé a ella, me levanté, la recorrí con la mirada y la vestí fijándome en cada tono de su piel. Ella hizo lo mismo conmigo. Lo hicimos sin hablar, solo mirándonos. Salimos del baño, mudos, sin habla por lo tan excepcional de lo que acabamos de sentir. Nos fuimos fuera del bar y entonces ocurrió.
Los dos empezamos a gritar, a chillar, a bailar juntos, a abrazarnos, a dar las gracias a la vida por lo que nos acaba de pasar. Nos metimos en la gasolinera de al lado y compramos una botella de vodka blanco. Nos subimos encima de mi coche y nos tumbamos mirando las estrellas mientras nos bebíamos la botella entera entre los dos, comiéndonos a besos, a palo seco. Empezamos a hablar de gilipolleces, a reírme como nunca lo había hecho (la verdad que tampoco me acuerdo de que nos reíamos, pero sé que fue perfecto).
Íbamos fatal, pero hasta borracha era preciosa, su risa se intensificaba y no paraba de darme besos. Nos quedamos dormidos a la luz de la luna.
Nos quedamos dormidos a la luz de la luna. Era sábado así que no teníamos prisa por volver a casa. A la mañana siguiente me levanté y él estaba mirándome, parecía que llevara una eternidad así. Le pregunté.
Me preguntó. No sabía que decir, solo llevaba horas mirándola, preguntándome si era real o si se despertaría y mi día de ensueño, acabaría tan pronto como ella se largara en su coche de allí, sin estar yo dentro de él, o sin estar mi teléfono guardado en su agenda del móvil. Esperaba no ser solo amantes de una noche, porque yo lo que quería era ser, juntos, dueños de todas y cada una de las noches... Quería sentirme así cada minuto del día, y de la noche.
Lo miré y vi ese fuego en su mirada, solo deseaba que esto no acabara, ojalá que no se levantara y bajara de mi coche. Porque ayer le había dado mi vida, le había entregado mi corazón, y no podría soportar que el fuego de sus ojos se apagara. Sabía muy bien que no iba a poder amar de nuevo después de esto. Había sido demasiado.
Demasiado, había sido demasiado intenso. En unas horas había llegado directa a mi corazón sin siquiera preguntar si le daba permiso para ello.
Permiso, ni siquiera me lo había pedido para mirarme así. No sé si quiera como pretendía que pudiera vivir después de esto sin que nadie me mirase así. No entiendo como se había atrevido, me debería marchar, seguro que me iba a hacer daño. Y no podría soportarlo.
Daño. La miraba y era demasiado real, demasiado perfecta. La iba a cagar, seguro, y cuando ella se diera cuanta de que era mucho mejor que yo, que yo no era suficiente, me iba a dar la patada, y yo lo no lo iba a poder superar.
Esto tiene que acabar.
Esto tiene que acabar.
-Abby, ha sido una noche perfecta de verdad pero tengo que irme a trabajar.
-Es domingo.
-Ya, es que...
-No, no sigas, lo pillo, yo tampoco quiero nada serio. No te preocupes. Lo de ayer no fue anda. Una noche más.
Eso me dolió.
Joder lo que me dolió decirlo.
-Bueno, pues... Adiós.
-Adiós.
Dejé de respirar. Pasé de imaginármela viviendo bajo mis sábanas a imaginarla en las de otro.
Dejé de respirar. Joder. Pasé de imaginarme sus labios moviéndose por todo mi cuerpo a imaginármelos en los de otra.
Han pasado siete años. Y he vuelto a este bar como cada sábado para ver si ella vuelve con su desastrosa libreta a recuperar la inspiración. Me hizo ver las estrellas aquella vez y descubrí ese mismo día, y al cabo de estos años que nadie apagaría esa luz, que ya no era mío, que le pertenecía a ella, que la amaba, que aún memorizaba cada pequeña imperfección tan perfecta de su piel.
Han pasado siete años, nunca he vuelto a ese lugar. Tengo miedo de encontrármelo y revivir todo aquello. Ya cuesta y duele tanto haberlo perdido que no me imagino lo que dolería verlo feliz sin mí. Nunca me perdoné lo que dije, básicamente porque no era verdad. Llevo viviendo día a día recordando constantemente la mejor noche de mi vida. La noche en la que dejé de ser yo para ser suya. La noche en la que mi corazón se alejó de mí para dejarme e irse con él.
Me siento en el taburete de siempre, veo que como siempre no viene, cojo el micrófono y canto New York, New York con ojos tristes, recordando lo que sucedió ese día mientras cantabamos nuestro último verso. Entonces oí la puerta del local abrirse. No veía si había entrado alguien, pero como siempre, serían falsas esperanzas que estaban empezando a matarme por dentro. Fui un gilipollas al dejarla escapar. Un completo gilipollas.
Una completa gilipollas. Lo dejé escapar por gilipollas. Pero después de tanto tiempo entro para superar el recuerdo y enfrentarme a la mejor noche de mi vida, me siento en mi taburete y veo que hay una chaqueta al lado de mi sitio, me quito los auriculares y simplemente existo, escucho, recuerdo, revivo, amo. Me da un vuelco el corazón. Me giro y lo veo. Ahí arriba, triste y me acuerdo de la mirada perdida con la que que me lo encontré años atrás. Me mira, me enamoro. Veo los baños y me vuelvo a re-enamorar si es que eso es posible. Lo guío con la mirada hacia el baño. Lo espero allí.
Dejo el micrófono a media canción y voy con la mirada cambiada al baño. Voy directamente. Parece que estoy yendo al cielo. Entro y está desnuda, esperándome. Me desnudo, la beso, lloro, la recuerdo, suspiro, la amo.
Me ama. Lo amo. Me besa, le devuelvo beso. Me toca, le toco, me recorre con sus labios cada lugar de mi cuerpo hasta que se detiene justo donde lo tiene que hacer. Mueve la lengua cambiando el ritmo haciendo que me tenga que sentar para no desvanecer.
Se sienta, se deja llevar y se pierde en un orgasmo infernal. La abrazo, mis lágrimas y las suyas se funden en un pequeño baño de un metro al cuadrado.
Veo como me levanta, me viste poco a poco mientras me besa como hizo esa vez hace siete años atrás. Cuando llega al final, cuando me cierra el último botón de la camisa, siento la pérdida de esos años que podrían haber sido completamente nuestros... Pero entonces ocurrió, acercó sus labios a mi oreja y me dijo:
-Cásate conmigo.

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